
TARRACO: CAPITAL PROVINCIAL, SEÑORÍO DEL MEDITERRÁNEO Y BALUARTE ROMANO
Tarraco, la actual Tarragona, fue el gran baluarte estratégico de Roma en Hispania y la capital de la extensa provincia Tarraconensis. Fundada como campamento militar por los hermanos Escipión durante la segunda guerra púnica, la urbe se transformó en una metrópoli colosal que sirvió de residencia al propio emperador Augusto. Su genial urbanismo, articulado en inmensas terrazas artificiales que dominaban el Mediterráneo, albergaba infraestructuras monumentales como el Foro Provincial, el Circo y un Anfiteatro edificado junto a la costa. Hoy, su impresionante legado arqueológico, Patrimonio de la Humanidad, atestigua el esplendor político y cultural del Imperio en Occidente.
ROMA
La historia de la Hispania romana no puede entenderse sin fijar la mirada en un promontorio estratégico a orillas del mar Mediterráneo. Allí, donde los pueblos ibéricos de los cosetanos ya habían descubierto las bondades del terreno con el oppidum de Kese, Roma levantó uno de sus proyectos urbanísticos, militares e ideológicos más ambiciosos de Occidente. La antigua ciudad no fue una simple colonia de poblamiento o un puesto avanzado de comercio costero; se convirtió en la auténtica capital de la provincia Hispania Citerior (y más tarde de la colosal Provincia Hispania Citerior Tarraconensis), el centro neurálgico desde el cual las legiones controlaban el noreste de la península y el motor administrativo, jurídico y fiscal que canalizaba la ingente riqueza hispana hacia las arcas de la metrópoli del Tíber.
Desde su modesto origen como campamento militar fortificado durante los compases iniciales de la segunda guerra púnica, bajo el mando de los hermanos Cneo y Publio Cornelio Escipión, el asentamiento costero experimentó una metamorfosis asombrosa. Pasó de ser una base de operaciones logísticas provisional a consolidarse como una urbe monumental dotada de un imponente foro provincial, un circo de proporciones colosales, un teatro integrado en la pendiente y un anfiteatro que desafiaba el oleaje marino. Su importancia fue tal que el mismísimo emperador Augusto la eligió como su lugar de residencia temporal entre los años 27 y 25 a.C., dirigiendo los designios del vasto Imperio romano desde sus murallas mientras se recuperaba de sus dolencias físicas y supervisaba las cruentas guerras cántabras. Su diseño urbano en terrazas artificiales se erigió como el modelo de propaganda monumental más exitoso del Occidente romano, uniendo la geografía con la escenografía del poder absoluto.
CONTEXTO GEOGRÁFICO Y GEOPOLÍTICO
El éxito y la longevidad de la urbe no fueron frutos de la casualidad, sino el resultado directo de una elección geográfica minuciosamente meditada por los estrategas militares de la República romana. El relieve costero de la zona ofrecía unas condiciones inigualables para la implantación de una gran base de operaciones en el noreste de la península ibérica.
La topografía estratégica
El núcleo original de la ciudad se asentó sobre una gran elevación rocosa de piedra calcárea que alcanza una cota máxima de casi 80 metros sobre el nivel del mar en su parte más alta. Este promontorio ejercía un control visual absoluto sobre una vasta línea de costa y dominaba de forma natural el litoral circundante. La pendiente de la colina descendía suavemente en dirección suroeste hacia la desembocadura del río Tulcis (el actual río Francolí), cuyo estuario y meandros configuraban una rada portuaria natural relativamente protegida de los vientos dominantes del norte, indispensables para el atraque de las flotas militares y comerciales de la época.
Desde el punto de vista geopolítico, el enclave se situaba en un punto de conexión vital. Se localizaba a una distancia idónea de los Pirineos para recibir refuerzos terrestres desde la Galia Narbonense y servía como puerta de entrada natural hacia el fértil valle del Ebro (Iberus). Esta vía fluvial y terrestre permitía penetrar de manera rápida y directa hacia el interior peninsular, la Meseta y las ricas zonas mineras del norte, facilitando el despliegue de tropas y el control de los pueblos indígenas que habitaban el territorio.
El sustrato indígena: Kese y los cosetanos
Antes de la llegada de las águilas romanas, la región estaba firmemente habitada por los cosetanos, un pueblo de filiación ibérica plenamente integrado en las redes comerciales del Mediterráneo occidental. Los textos clásicos, especialmente las crónicas del historiador Tito Livio, mencionan la existencia de un núcleo indígena denominado Kese o Cissa, un oppidum (poblado fortificado) que centralizaba la actividad agrícola y artesanal de la comarca.
Las excavaciones arqueológicas contemporáneas han demostrado que los habitantes locales mantenían intensos contactos comerciales con cartagineses, fenicios y griegos, importando cerámicas de lujo y vino a cambio de excedentes agrícolas y materias primas. La llegada de los ejércitos romanos no supuso la destrucción inmediata de este tejido indígena, sino una paulatina y profunda absorción cultural y económica en la que las élites locales jugaron un papel colaborativo crucial para asegurar su propia supervivencia y posición social bajo el nuevo orden republicano.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA: DEL CASTRUM A LA METRÓPOLI
La trayectoria histórica de la población está marcada por una evolución continua que refleja, a escala local, las grandes transformaciones políticas que sacudieron a la propia Roma, transitando desde una República expansionista y convulsa hasta la consolidación del régimen imperial autocrático.
+-------------------------------------------------------------------------+ | LÍNEA DE EVOLUCIÓN CRONOLÓGICA | +-------------------------------------------------------------------------+ | 218 a.C. -> Desembarco de Cneo Cornelio Escipión (Segunda Guerra Púnica)| | 197 a.C. -> Elección como capital de la Provincia Hispania Citerior | | 45 a.C. -> Julio César otorga el rango de Colonia Iulia | |27-25 a.C. -> Residencia oficial del emperador Augusto en Hispania | | 73 d.C. -> Concesión del Ius Latii por Vespasiano (Esplendor Flavio) | | 259 d.C. -> Martirio del obispo Fructuoso en la arena del anfiteatro | | 476 d.C. -> Ocupación pacífica por el reino visigodo de Eurico | +-------------------------------------------------------------------------+
La Segunda Guerra Púnica y la fundación militar
En el año 218 a.C., la península ibérica se transformó en el tablero de ajedrez donde las dos superpotencias de la antigüedad, Roma y Cartago, se disputaban de forma sangrienta la hegemonía del Mediterráneo occidental. Tras el fulgurante avance del general cartaginés Aníbal Barca hacia Italia a través de los Alpes, el Senado romano comprendió que la única forma de neutralizar la amenaza púnica era cortar sus vías de aprovisionamiento, suministros financieros y reclutamiento en su retaguardia hispana.
Con este propósito, una flota de sesenta naves al mando del cónsul Cneo Cornelio Escipión desembarcó en la colonia griega aliada de Emporiae (Ampurias). Desde allí, las legiones avanzaron hacia el sur siguiendo la línea de costa hasta topar con la resistencia de los destacamentos cartagineses que custodiaban el territorio al norte del río Ebro. Tras derrotar al general púnico Hannón en la batalla de Cissa, Cneo Escipión tomó el control del oppidum indígena de Kese y decidió establecer allí su base de operaciones invernales y cuartel general permanente.
Un año más tarde, en el 217 a.C., se unió a las operaciones su hermano Publio Cornelio Escipión, aportando importantes refuerzos navales y terrestres. Juntos fortificaron el asentamiento costero mediante la construcción de una robusta muralla de piedra que rodeaba el campamento militar primitivo (castrum). Este espacio fortificado albergaba no solo los barracones de los soldados y los almacenes de grano y armamento, sino también el palacio donde residían los comandantes y los rehenes de las tribus ibéricas locales, cuyos linajes garantizaban la fidelidad de los pueblos del interior a la causa romana. El campamento se convirtió en la principal base de retaguardia desde la cual se planificó la toma de Carthago Nova (Cartagena) en el 209 a.C. por el joven Escipión el Africano, sellando el destino de la presencia cartaginesa en la península.
La consolidación republicana y la capitalidad provincial
Con la expulsión definitiva de los cartagineses y la posterior reorganización administrativa llevada a cabo por el Senado romano en el año 197 a.C., Hispania fue dividida en dos grandes circunscripciones: la Hispania Ulterior (situada en el sur y el oeste) y la Hispania Citerior (que abarcaba el valle del Ebro y toda la franja litoral mediterránea). El antiguo asentamiento militar de los Escipiones fue el lugar elegido de forma unánime para albergar la sede de los pretores, magistrados y procónsules encargados del gobierno provincial, convirtiéndose así en la capital política, judicial y militar de la Citerior.
Durante todo el siglo II y principios del siglo I a.C., la ciudad funcionó como una auténtica esponja cultural. El flujo incesante de ciudadanos romanos, itálicos, comerciantes libres (negotiatores) y veteranos de las legiones transformó el primitivo carácter castrense del asentamiento. La población civil comenzó a desbordar las murallas del campamento superior y se extendió de forma orgánica hacia la zona llana adyacente al puerto, dando lugar a un dinámico barrio comercial y artesanal. A pesar de los recurrentes levantamientos de los pueblos indígenas del interior, como los celtíberos y los ilergetes, la urbe se mantuvo inexpugnable, consolidándose como el faro cultural desde el cual se irradiaba el proceso de romanización jurídica y lingüística hacia el interior de la península.
La guerra civil y la concesión de la condición colonial
El siglo I a.C. trajo consigo las violentas convulsiones políticas que anticiparon la agonía de la República romana. El territorio de Hispania se convirtió de nuevo en el escenario de cruentas guerras civiles, primero con la revuelta del general Quinto Sertorio y, posteriormente, con el choque frontal entre los ejércitos de Julio César y los partidarios de Pompeyo Magno.
Durante el enfrentamiento pompeyano-cesariano, la plaza adoptó una postura de prudente lealtad hacia Julio César. Tras su aplastante victoria en la batalla de Munda (año 45 a.C.), el dictador romano recompensó la fidelidad de la ciudad otorgándole el codiciado estatus jurídico de colonia de ciudadanos romanos, adoptando la denominación oficial de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco. Esta concesión jurídica supuso un hito trascendental: sus habitantes libres adquirieron la ciudadanía romana de pleno derecho, las tierras agrícolas de su territorio fueron censadas y repartidas formalmente entre los veteranos de las legiones cesarianas, y la ciudad se dotó de una estructura institucional idéntica a la de la propia Roma, gobernada por dos magistrados anuales (duoviri) y un consejo municipal de sabios (ordo decurionum).
El apogeo bajo el emperador Augusto
El momento cumbre de la relevancia de la urbe en la historia universal aconteció pocas décadas después de la muerte de César. En el año 27 a.C., el joven Octavio, tras recibir del Senado el título de Augusto y consolidar el régimen del Principado, decidió trasladarse en persona a Hispania con el firme objetivo de dirigir las operaciones militares destinadas a someter a los últimos pueblos independientes de la península: los astures y los cántabros que resistían en las abruptas montañas del norte.
Sin embargo, el esfuerzo de las campañas bélicas, sumado a las rigurosas condiciones climatológicas del Cantábrico, quebrantaron seriamente la ya frágil salud del princeps. Afectado por graves dolencias hepáticas y reumáticas, Augusto decidió retirarse a la ciudad para restablecerse bajo la bonanza de su clima mediterráneo. Durante dos años completos (entre el 27 y el 25 a.C.), el emperador residió en la urbe, convirtiendo a la capital de la Hispania Citerior en la capital fáctica del Imperio romano.
Desde el palacio imperial construido en la colina se emitieron las leyes que regulaban la vida de millones de súbditos, se recibieron solemnes embajadas diplomáticas procedentes de los confines del mundo conocido —como partos, escitas y reinos de la India— y se decretó la monumental reorganización administrativa de las provincias occidentales. La presencia de Augusto y de su corte, que incluía a su brillante general Marco Vipsanio Agripa y a su consejero Mecenas, desencadenó una inyección masiva de capitales públicos e inversiones privadas que transformaron de arriba abajo la trama urbana de la ciudad, elevándola al rango de las grandes metrópolis monumentales del imperio.
La dinastía Flavia y la concesión del Derecho Latino
Tras el esplendor de la época augustea y la consolidación de la dinastía Julio-Claudia, la urbe experimentó un nuevo e histórico impulso constructivo e institucional bajo el reinado de la dinastía Flavia. En el año 73 o 74 d.C., el emperador Vespasiano emitió un edicto imperial de trascendental importancia para el destino de la península: la concesión del Ius Latii (el Derecho Latino) a todas las comunidades urbanas de Hispania.
Esta medida jurídica permitía que cualquier ciudadano hispano que ejerciera una magistratura municipal en su ciudad local obtuviera de forma automática la ciudadanía romana plena para sí mismo y para toda su familia. Para dar cobertura física y representación institucional a esta inmensa masa de nuevos ciudadanos y élites locales que ahora se integraban en el engranaje del Estado romano, los emperadores Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano) ordenaron la edificación del monumental Complejo Provincial en la parte alta de la colina de la urbe, dotando a la ciudad del foro más extenso de todo el Occidente romano. Durante este período, la ciudad alcanzó su máxima densidad demográfica y una boyante prosperidad económica basada en la exportación masiva de vino y aceite de oliva.
La crisis del siglo III y la cristianización
La estabilidad de la Pax Romana comenzó a agrietarse a mediados del siglo III d.C. La urbe sufrió el impacto directo de las incursiones germánicas cuando hordas de francos y alamanes cruzaron los Pirineos en torno al año 260 d.C., saqueando y devastando extensas áreas residenciales extramuros de la ciudad, un suceso que aceleró el repliegue de la población hacia el interior del casco antiguo amurallado.
Paralelamente, la ciudad fue testigo del nacimiento y consolidación de una de las comunidades cristianas más antiguas e influyentes de la península ibérica. En el año 259 d.C., durante las persecuciones anticristianas decretadas por los coemperadores Valeriano y Galieno, el obispo local Fructuoso y sus dos diáconos, Augurio y Eulogio, fueron arrestados, juzgados públicamente por el gobernador Emiliano y conducidos a la arena del anfiteatro urbano, donde fueron quemados vivos ante la multitud. El relato de su martirio, recogido en las célebres Acta Martyrum (las Actas de los Mártires), se convirtió en un texto de referencia para la cristiandad occidental y propició que, tras la oficialización del cristianismo con el Edicto de Milán en el 313 d.C., la ciudad se transformara en una poderosa sede arzobispal primada, construyéndose una monumental basílica paleocristiana y un gran cementerio en torno a las tumbas de los mártires junto al río Francolí.
El ocaso del dominio romano
A lo largo de los siglos IV y V d.C., en el marco del Bajo Imperio romano, la ciudad logró mantener su estatus como capital de la provincia Tarraconensis, resistiendo con relativa dignidad el colapso generalizado de las estructuras estatales occidentales. Aunque el comercio transmarítimo disminuyó en volumen, las élites aristocráticas locales continuaron habitando lujosas villas residenciales en el entorno rural de la comarca.
La desaparición definitiva del dominio romano directo se produjo de forma paulatina y mayoritariamente pacífica a partir del año 476 d.C., cuando el rey visigodo Eurico ocupó la plaza con sus ejércitos, integrándola en el naciente Reino Visigodo de Tolosa. A pesar del cambio de soberanía política, la ciudad preservó intactas sus leyes de raigambre romana, su lengua latina y su potente organización eclesiástica, demostrando la profunda huella que siglos de romanización ininterrumpida habían dejado en el territorio.


EL DISEÑO URBANO EN TERRAZAS: LA ESCENOGRAFÍA DEL PODER
La principal genialidad del urbanismo local radicó en cómo los ingenieros y arquitectos adscritos al servicio imperial lograron someter y amoldar una topografía abrupta, accidentada y fuertemente inclinada. En lugar de limitarse a edificar en las llanuras cercanas al puerto o realizar costosos desmontes de tierra para llanear el terreno, optaron por un diseño escalonado en terrazas artificiales superpuestas que aprovechaba la fisonomía natural de la colina rocosa.
Este modelo urbanístico monumental, inspirado directamente en los grandes santuarios helenísticos del Mediterráneo oriental (como el célebre Santuario de la Fortuna Primigenia en Palestrina, Italia, o la monumental acrópolis de Pérgamo en Asia Menor), no respondía a simples criterios de optimización del espacio transitable. Su función primordial era de carácter ideológico y propagandístico: el conjunto arquitectónico funcionaba como una inmensa pantalla escenográfica visible desde alta mar que materializaba visualmente la rígida estructura jerárquica del poder romano y la sumisión de las provincias al dictado del emperador y de los dioses.
Este colosal eje monumental, bautizado por la investigación arqueológica moderna como el Complejo Provincial Flavio, ocupaba una superficie continua de unas 7,5 hectáreas en la zona más elevada de la colina, segregando de manera física y funcional el centro político-religioso de la parte baja de la urbe, consagrada a las actividades residenciales, artesanales y portuarias de la plebe y los comerciantes.
EL COMPLEJO PROVINCIAL FLAVIO: ESTRUCTURA INTERNA
El gran eje administrativo y monumental de la zona alta estaba perfectamente articulado en tres terrazas sucesivas, comunicadas entre sí mediante suntuosas escalinatas monumentales y galerías subterráneas abovedadas que ordenaban los flujos de personas según su estatus social y político.
La Terraza Superior: El Recinto de Culto Imperial
Ubicada en la cumbre absoluta del promontorio rocoso (el espacio exacto que ocupa hoy en día el claustro y la nave central de la Catedral de Tarragona), esta explanada constituía el sanctasanctórum de la provincia. En el centro de una inmensa plaza porticada de tres lados se alzaba majestuoso el Templo de Augusto, un edificio octástilo (con ocho columnas en su frente principal) de orden corintio, sobreelevado sobre un alto podio de sillería y revestido íntegramente con mármol blanco importado de las prestigiosas canteras de Carrara (Luni) en Italia.
Los pórticos perimetrales que rodeaban el templo estaban decorados con un suntuoso programa escultórico compuesto por clípeos (tondos o escudos pétreos decorados con el rostro de la divinidad Júpiter-Amón) y ricas estatuas que representaban las virtudes imperiales. Este espacio sagrado servía como el punto de encuentro anual del Concilium Provinciae (el Consejo de la Provincia), una asamblea donde los representantes de todas las ciudades de la Tarraconensis se reunían para rendir culto divino al emperador vivo y a sus antecesores divinizados, fortaleciendo los lazos de lealtad política mutua y sufragando fastuosos sacrificios rituales para garantizar la prosperidad del Estado romano.
La Terraza Intermedia: El Foro Provincial
Inmediatamente por debajo del recinto sagrado, salvando un desnivel de varios metros, se abría la terraza intermedia, ocupada por una de las plazas públicas más colosales jamás construidas por el Imperio romano en todo su suelo. Con unas dimensiones aproximadas de 320 metros de longitud por 175 metros de anchura, este espacio rectangular cerrado actuaba como el verdadero corazón político, judicial y burocrático de la provincia más extensa del imperio.
A lo largo de los pórticos laterales que flanqueaban la inmensa plaza se distribuían las dependencias del aparato estatal:
La sede del gobernador provincial (legatus Augusti pro praetore).
Las oficinas financieras del procurador imperial (procurator Augusti), encargado de fiscalizar los impuestos y los diezmos de las minas.
El archivo público general de la provincia (tabularium).
Las salas de audiencias judiciales y reuniones del consejo representativo.
Los pórticos estaban atestados de pedestales de mármol que sustentaban estatuas ecuestres y de cuerpo entero dedicadas a honrar a las figuras más destacadas de la administración imperial, benefactores locales patricios y magistrados que habían sufragado obras públicas de su propio bolsillo (evergetismo). Las excavaciones arqueológicas en el interior del casco antiguo actual de Tarragona han sacado a la luz decenas de estas inscripciones epigráficas, que convierten a este sector en una fuente inagotable para la historia de la sociología romana.
La Terraza Inferior: El Circo Romano
Cerrando el Complejo Provincial en su sector meridional se edificó el Circo, destinado a albergar las populares y apasionantes carreras de carros tirados por caballos (bigas y cuadrigas). Lo verdaderamente portentoso de este edificio desde el punto de vista de la ingeniería de la época fue su perfecta integración arquitectónica dentro de la trama urbana de la colina. Los arquitectos utilizaron las potentes y sólidas bóvedas de hormigón romano (opus caementicium) y sillería de piedra calcárea que sustentaban las gradas del Circo para convertirlas simultáneamente en el muro de contención estructural que soportaba el empuje de las miles de toneladas de tierra de la terraza superior del Foro Provincial.
El edificio presentaba una longitud aproximada de 325 metros por unos 115 metros de anchura, disponiendo de un aforo estimado que superaba holgadamente los 25.000 espectadores. Las carreras de carros no eran meros entretenimientos lúdicos; constituían eventos de masas de alta carga política donde la plebe urbana y provincial podía interactuar directamente con los gobernadores imperiales y manifestar sus demandas o aclamaciones. Las gradas (cavea), la pista de arena por donde competían los carros y la impresionante cabecera semicircular con la porta triumphalis (puerta triunfal) se encuentran entre los testimonios constructivos de este tipo mejor conservados del mundo actual en contextos urbanos sobrevenidos.
EDIFICIOS DE ESPECTÁCULOS: EL OCIO DE LA PLEBE
El concepto romano de civilización e integración cultural (humanitas) llevaba aparejado de manera obligatoria la construcción de monumentales infraestructuras dedicadas al esocio masivo, los espectáculos públicos y la socialización comunitaria. La ciudad dispuso de una oferta cultural y lúdica al nivel de las ciudades más prósperas de la propia península itálica.
El Anfiteatro Romano: Escenografía frente al mar
Construido a principios del siglo II d.C., coincidiendo con el florecimiento constructivo auspiciado por los emperadores hispanos Trajano y Adriano, el Anfiteatro es una de las construcciones más emblemáticas e icónicas de la Hispania romana debido a su excepcional y poética ubicación geográfica. Se emplazó intencionadamente fuera del recinto amurallado primitivo, aprovechando la fuerte pendiente rocosa que descendía de manera abrupta hacia la playa del Milagro y la orilla misma del mar Mediterráneo.
Esta disposición permitía cumplir dos funciones críticas: facilitaba el desalojo rápido y ordenado de las miles de personas que acudían desde el área rural periférica sin colapsar las calles del centro de la ciudad y permitía aprovechar la constante brisa marina para refrescar la atmósfera del interior del recinto durante las calurosas jornadas estivales de espectáculos.
El edificio, que dibuja una planta elíptica perfecta, medía aproximadamente 130 metros de longitud en su eje mayor por 102 metros en su eje menor, contando con capacidad para acoger a cerca de 14.000 espectadores perfectamente distribuidos en tres sectores de gradas según su rango socioeconómico (ima, media y summa cavea). En su arena se desarrollaban los espectáculos más cruentos y esperados por la población:
Las venationes: exhibiciones y cacerías de animales salvajes y exóticos (como leones, osos y leopardos) traídos expresamente de las provincias del norte de África en barcos comerciales.
Los munera: los célebres combates a muerte entre gladiadores profesionales encuadrados en diferentes especialidades (como retiarios, mirmilones o tracios).
Las ejecuciones públicas de criminales y enemigos del Estado (noxii).
Bajo la superficie de la arena, los arqueólogos excavaron una gran fosa monumental subterránea en forma de cruz que albergaba los habitáculos de las fieras (carceres), los almacenes de tramoya y un complejo sistema de poleas y montacargas manuales que permitían proyectar de forma sorpresiva y teatral a los animales y a los luchadores sobre la arena de combate, maximizando el impacto dramático del espectáculo ante el enfervorecido público.
El Teatro Romano y el Pulmón Comercial Portuario
Ubicado en la ladera de la terraza inferior, plenamente integrado en el barrio comercial y residencial de la población baja, el Teatro se edificó en época de Augusto, a finales del siglo I a.C. Siguiendo las directrices técnicas del célebre arquitecto Vitruvio, los constructores aprovecharon la inclinación natural del terreno de este sector para tallar directamente sobre la roca calcárea el graderío semicircular, ahorrando costes materiales y garantizando una estabilidad estructural indestructible.
Aunque la intensa industrialización fabril, el desarrollo portuario moderna y el trazado de la línea ferroviaria durante los siglos XIX y XX destruyeron y ocultaron secciones sustanciales del monumento, las campañas arqueológicas científicas han logrado rescatar e interpretar elementos de capital importancia: la orquesta semicircular donde se situaban los asientos de las autoridades senatoriales y locales, las cinco primeras filas de la cavea y los potentes cimientos del monumental frente escénico (frons scenae). Este frente consistía en una imponente estructura de tres pisos de altura adornada con suntuosas columnas exentas de mármoles de colores, hornacinas decorativas y un ambicioso programa escultórico imperial que incluía efigies de Augusto, Tiberio y miembros de la familia imperial vestidos con la toga civil o la coraza militar.
El Teatro se localizaba estratégicamente a escasos metros del muelle y de las instalaciones portuarias. El puerto era el auténtico pulmón económico que insuflaba vida a la colonia. A través de sus dársenas entraban de forma ininterrumpida las mercancías de lujo procedentes de Oriente, los perfumes de Egipto, los mármoles de Grecia, el vino de la Campania y las delicadas vajillas de cerámica fina (terra sigillata) manufacturadas en los talleres galos e itálicos. En sentido inverso, los muelles locales bullían con la exportación masiva de los excedentes agrícolas de la provincia: toneladas de trigo cultivado en el fértil valle del Ebro, lino de las llanuras interiores para la confección de velas navales, vino local muy apreciado por las clases populares de Roma y el aceite de oliva que abastecía el mercado de la metrópoli.
EL FORO DE LA COLONIA: EL CENTRO URBANO MUNICIPAL
Mientras que el Complejo Provincial de la parte alta gestionaba la política de toda la provincia, los asuntos cotidianos de la administración municipal de la colonia se dirimían en el Foro de la Colonia (o Foro Local), emplazado en la parte baja de la urbe, en las inmediaciones del barrio residencial.
Este foro era el espacio público más antiguo de la ciudad, fundado en la época de la República y profundamente remodelado en época de Augusto. Estaba presidido por una gran plaza porticada donde se alzaba el templo principal consagrado a la Tríada Capitolina (Júpiter, Juno y Minerva), los tres dioses tutelares del Estado romano. A un costado de la plaza se localizaba la Basílica Jurídica, un magnífico edificio de tres naves separadas por altas columnatas donde el pretor municipal impartía justicia y los comerciantes locales cerraban contratos mercantiles de gran envergadura. Anexa a la basílica se situaba la Curia, la sala de reuniones a puerta cerrada donde los miembros del consejo municipal debatían sobre los presupuestos locales, el mantenimiento de los acueductos y la organización de las fiestas locales.
INFRAESTRUCTURAS, SANEAMIENTO E INGENIERÍA HIDRÁULICA
El correcto funcionamiento higiénico, sanitario y residencial de una capital provincial que albergaba de forma permanente a una población flotante estimada de decenas de miles de personas exigía un suministro constante, ininterrumpido y masivo de agua potable. Los ingenieros hidráulicos romanos demostraron un conocimiento técnico asombroso para captar, transportar y distribuir el recurso hídrico salvando las dificultades del relieve de la comarca.
El Acueducto de les Ferreres (El Puente del Diablo)
Para salvar el profundo y escarpado valle geográfico excavado por el río Francolí, a unos 4 kilómetros al norte del casco urbano de la ciudad, se levantó una de las obras de ingeniería civil y arquitectónica más espectaculares, imponentes y fotogénicas de todo el Imperio romano: el acueducto de les Ferreres, conocido popularmente en la tradición local como el Puente del Diablo.
Esta colosal estructura aérea está armada íntegramente con grandes bloques de piedra calcárea de tonalidad dorada extraída de canteras locales próximas. Los sillares fueron tallados de manera regular y aparejados en seco (opus quadratum), es decir, encajados unos con otros a la perfección sin el empleo de mortero, cal o cemento en sus juntas, confiando la estabilidad de la mole únicamente al sabio reparto de las presiones y las fuerzas de la gravedad. El puente del acueducto presenta una longitud total de 217 metros y una altura máxima de 27 metros en su sección central más profunda.
La impresionante estructura arquitectónica se organiza de forma armoniosa en dos pisos de arquerías superpuestas:
El piso inferior dispone de 11 arcos de medio punto.
El piso superior cuenta con 25 arcos de idéntica luz y tipología.
Por encima de la hilera superior de arcos discurría el specus o canal de conducción de agua, una canalización que se encontraba originalmente techada para proteger el agua de la radiación solar, los animales y la contaminación exterior. El interior del canal estaba revestido por una gruesa capa de un mortero hidráulico especial compuesto por cal, arena y polvo de cerámica machacada (opus signinum), que poseía propiedades totalmente impermeabilizantes y evitaba la más mínima filtración de agua a través de las juntas de piedra.
Los ingenieros de la época lograron calcular la pendiente topográfica de la conducción con una precisión milimétrica, manteniendo una inclinación constante inferior al 1% a lo largo de kilómetros de recorrido para garantizar que el agua avanzara de manera fluida y suave por simple gravedad desde los manantiales de captación ubicados en el río Gaià hasta los grandes depósitos de distribución urbana (castellum aquae) situados intramuros, desde donde se ramificaba la red de tuberías de plomo (fistulae) que alimentaba las fuentes públicas de la plebe, las monumentales termas públicas y las suntuosas residencias privadas de los patricios (domus).
Las Murallas de Tarraco: El Primer Cinturón de Piedra
Las murallas de la urbe ostentan el honor arqueológico de ser la construcción arquitectónica romana de carácter monumental más antigua que se conserva en toda la península ibérica fuera de Italia. Iniciadas inmediatamente después del desembarco histórico del año 218 a.C., la primitiva estructura defensiva consistente en una empalizada de madera, terraplenes de tierra y fosos defensivos fue sustituida con celeridad a principios del siglo II a.C. por un potente muro de piedra debido a la inestabilidad derivada de las revueltas indígenas de los pueblos íberos del interior.
Técnicamente, el lienzo de la muralla destaca por un sistema constructivo singular conocido como obra ciclópea o megalítica. El basamento inferior de los muros está conformado por colosales bloques de piedra autóctona labrados de forma rústica y tosca, con pesos que superan en ocasiones las varias toneladas por pieza. Sobre este potente zócalo megalítico se asienta el cuerpo superior de la muralla, construido mediante dos paramentos paralelos de sillares rectangulares perfectamente escuadrados cuyo espacio interior se rellenaba con una densa argamasa de piedras y hormigón romano (opus caementicium), configurando un muro de un grosor extraordinario capaz de resistir los embates de cualquier ariete o maquinaria de asedio de la época.
El cinturón defensivo llegó a alcanzar una longitud perimetral superior a los 4 kilómetros, envolviendo por completo la totalidad de la parte alta de la colina. El recinto estaba flanqueado a intervalos regulares por potentes torres defensivas de planta cuadrangular dotadas de saeteras y plataformas superiores para la artillería ligera. Entre los ejemplos más excelsos que han sobrevivido al paso de los siglos destacan:
La Torre de Minerva: célebre por albergar en sus muros exteriores el relieve escultórico romano y la inscripción epigráfica latina más antiguos de toda la península ibérica, dedicada a la diosa de la guerra y la sabiduría.
La Torre del Arzobispo: profundamente reformada en época medieval pero con su basamento romano republicano intacto.
La Torre del Cabiscol: que custodiaba uno de los accesos estratégicos al recinto militar superior.
EL ENTORNO SUBURBANO Y EL PAISAJE ARQUEOLÓGICO
El esplendor arquitectónico de la colonia no se limitaba exclusivamente al espacio delimitado por el perímetro de sus murallas. El territorio rural e interurbano que rodeaba a la gran capital provincial, vertebrado de forma magistral por el trazado de la célebre Vía Augusta (la gran autopista de la antigüedad que comunicaba Roma con la ciudad de Gades, la actual Cádiz), estaba salpicado de monumentos conmemorativos, explotaciones industriales y lujosas residencias aristocráticas.
La Cantera de El Mèdol
Para suministrar los millones de metros cúbicos de piedra necesarios para levantar el Circo, el Anfiteatro, las Murallas y los Foros de la ciudad, los ingenieros romanos explotaron de manera intensiva la cantera de El Mèdol, un inmenso frente de extracción de piedra calcárea situado a unos 6 kilómetros al norte de la urbe.
El sitio destaca en la actualidad por albergar en su centro la denominada Aguja de El Mèdol, una colosal columna de piedra natural de más de 16 metros de altura que los canteros romanos dejaron intacta sin excavar con un propósito puramente técnico: servir de testigo geológico e indicador visual para constatar de forma exacta el nivel original del terreno antes de que se iniciaran los trabajos de extracción minera a cielo abierto.
Monumentos funerarios: La Torre de los Escipiones
Siguiendo las estrictas leyes de las Doce Tablas de la legislación romana, que prohibían de manera taxativa enterrar o incinerar a los difuntos en el interior del casco urbano de las ciudades por razones de higiene pública y tabúes religiosos, las necrópolis se extendían a lo largo de los márgenes de las principales calzadas que salían de la población.
A unos 6 kilómetros al este de la ciudad, junto al trazado empedrado de la Vía Augusta, se alza majestuosa la Torre de los Escipiones, uno de los monumentos funerarios turriformes mejor conservados de la Hispania romana. Erigida en la primera mitad del siglo I d.C., esta estructura de planta cuadrada consta de tres cuerpos superpuestos construidos con sillares de piedra local. En el segundo cuerpo exhibe dos relieves escultóricos esculpidos directamente en la piedra que representan a la deidad frigia Atis (asociada tradicionalmente al luto, la muerte y la resurrección de la naturaleza), los cuales la leyenda popular confundió erróneamente durante siglos con los rostros de los legendarios hermanos fundadores Cneo y Publio Cornelio Escipión.
Las Villas Residenciales de la Aristocracia
Las élites ecuestres y senatoriales de la urbe fijaron sus residencias de recreo y explotación agrícola en el entorno rural inmediato de la colonia, diseñando palacios rurales que reproducían el lujo y el confort de las mansiones campestres de la bahía de Nápoles.
La Villa romana de Els Munts (Altafulla): situada en primera línea de costa, esta inmensa finca residencial funcionó como el palacio de recreo de Valerio Avito, un alto magistrado que había ejercido el cargo de gobernador de la provincia y que dotó a su villa de un complejo termal privado de dimensiones monumentales, pavimentos decorados con mosaicos polícromos de suntuosa ejecución y un ninfeo (fuente monumental dedicada a las ninfas) revestido de mármoles importados de las islas griegas.
La Villa romana de Centcelles (Constantí): emplazada en las proximidades del curso del río Francolí, este complejo agropecuario sufrió una espectacular transformación arquitectónica durante el Bajo Imperio (siglo IV d.C.), cuando una de sus estancias principales fue remodelada para albergar una monumental sala de planta circular rematada por una cúpula semiesférica. El interior de la cúpula está revestido por un mosaico de valor incalculable para la historia del arte universal, compuesto por millones de diminutas teselas que representan escenas de caza señorial, pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, y alegorías de las cuatro estaciones del año, configurando lo que la investigación arqueológica interpreta de manera mayoritaria como el mausoleo funerario de un personaje de rango imperial o un alto dignatario eclesiástico del imperio moribundo.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA EN ESPAÑOL
Para aquellos investigadores, estudiantes e interesados en sumergirse de manera rigurosa y profunda en el conocimiento histórico, urbanístico, arquitectónico y epigráfico de la gran capital de la Hispania Citerior, se aconseja encarecidamente la lectura y consulta de las siguientes obras de referencia de la historiografía contemporánea:
Alföldy, Géza (2000). Fastos de la Hispania Citerior: los gobernadores provinciales y la administración romana de Tarraco. Edicions Universitat de Barcelona. ISBN 978-84-475-2415-0.
Un estudio epigráfico, prosopográfico e institucional definitivo realizado por uno de los mayores epigrafistas y especialistas mundiales en el Imperio romano. La obra desgrana de manera magistral las carreras políticas (cursus honorum) de los altos cargos civiles y militares que rigieron los destinos de la provincia desde su sede local.
Aquilué, Xavier; Dupré, Xavier; Massó, Jaume; Ruiz de Arbulo, Joaquín (2006). Tarraco: Guía Arqueológica. Alrevés Editorial. ISBN 978-84-934785-5-2.
Un manual ágil, riguroso, científico y profusamente ilustrado con planimetrías y alzados constructivos que analiza de manera pormenorizada la evolución arquitectónica de cada uno de los grandes monumentos del conjunto arqueológico. Indispensable tanto para el investigador de campo como para el viajero de sólida formación cultural.
Mar, Ricardo; Ruiz de Arbulo, Joaquín; Vivó, David; Beltrán-Caballero, José Alejandro (2012). Tarraco. Arquitectura y urbanismo de una capital provincial romana. Volumes I y II. Universitat Rovira i Virgili. ISBN 978-84-8424-218-5.
La gran obra de síntesis arqueológica y urbanística de las últimas décadas. Un colosal corpus en dos extensos tomos que compendia la totalidad de los datos arqueológicos extraídos del subsuelo de la ciudad, enriquecido con reconstrucciones tridimensionales generadas por ordenador, análisis métricos y restituciones arquitectónicas de los foros, el circo y los recintos de culto.
Ruiz de Arbulo, Joaquín (2002). Tarraco. Escenografía del poder en una capital provincial romana. Universitat Rovira i Virgili.
Monografía fundamental que profundiza en los mecanismos ideológicos de la arquitectura monumental de época augustea y flavia, demostrando cómo el urbanismo de la ciudad dispuesto en terrazas artificiales fue un mecanismo calculado para escenificar la sumisión provincial al poder centralizado de Roma.
Hauschild, Theodor (1992). La muralla romana de Tarragona. Institut d'Estudis Tarraconenses Ramon Berenguer IV. ISBN 978-84-87123-53-5.
El estudio arqueológico de referencia absoluta sobre el cinturón de fortificaciones de la urbe, detallando con minuciosidad sus fases constructivas desde las primigenias cimentaciones de obra megalítica republicana del siglo II a.C. hasta las posteriores reformas de carácter monumental llevadas a cabo en la transición al Imperio.






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Autor: Roberto Sánchez (robsanpi)




